jueves, 5 de marzo de 2015

A PROPÓSITO DEL ATENTADO EN PARIS

Sobre el supuesto “choque de civilizaciones”

Por Rosa Xiloj

El capitalismo global, con Estados Unidos a la cabeza, cada vez se torna más rapaz. En su plan de dominación del mundo, más aún ahora luego de la caída del campo socialista europeo, sintiéndose dominador de la escena, la emprende con una fuerza arrolladora. En su desarrollo voraz, destruyendo todo el planeta, necesita más y más recursos. Entre ellos: energía. Y para ello apela al petróleo. Eso es vital, es su savia, su corazón.

De hecho, el petróleo constituye uno de los más grandes negocios a escala mundial. Concretamente: el segundo, detrás de la producción de armas. Quienes manejan el petróleo (unas pocas grandes mega-empresas globales, estadounidenses y británicas en lo fundamental), manejan y deciden buena parte de lo que sucede a toda la Humanidad. Son ellas las que fijan su precio, lo cual tiene incidencia en el precio de todos los otros productos que consumimos; son ellas las que deciden buena parte de las guerras. Son ellas, en definitiva, las que trazan las políticas de impacto mundial a mediano y largo plazo.

Estas empresas (Chevron, Exxon Mobil, Shell, British Petroleum, etc.) tienen facturaciones que superan los 200, 300 y 400 mil millones de dólares por año (varias veces el Producto Inter-no Bruto de Guatemala). Con ese volumen de dinero en sus arcas, es fácil darse cuenta el poder político con que cuentan. En otros términos: están por arriba de cualquier presidente de mucho más en el caso de aquellos pequeños y dependientes como el nuestro.

En su voracidad, estas megaempresas, protegidas por los gobiernos de los países donde tienen sus casas matrices, ven el petróleo que hay en cualquier parte del mundo como de “su propiedad”. Si está en el subsuelo de territorios soberanos, pues se las ingenian para que se pierdan esas soberanías. De ahí las interminables guerras que vemos sucederse en cualquier punto del globo, en muy buena medida provocadas por la búsqueda del oro negro, motor fundamental del capitalismo.
Hoy por hoy, muchas de esas enormes reservas petroleras se encuentran en la región del Me-dio Oriente. Si bien jurídicamente allí hay países soberanos, para la rapacidad de estas enormes empresas eso no es un problema. Si necesitan atacarlos pasando sobre su soberanía y convertirlos en una suerte de nuevas “colonias” para robar ese bien tan preciado, lo hacen. ¡Así de sencillo!

Pero en un mundo donde, mal o bien, existen regulaciones, donde la civilización ha logrado ponerle algún mínimo freno a la “ley del más fuerte” (para eso se supondría que está la ONU, por ejemplo), invadir un país para robar-le sus recursos necesita de ciertas circunstancias. Por ejemplo: preparar las condiciones políticas mínimas que avalen esas intervenciones. Es así que toda la historia mediática global, con su monumental manipulación y “lavado de cabeza”, hace tiempo que viene in-ventando esas condiciones. Es así que nace la presente “islamofobia” que vivimos.

¿Qué es eso? Es la construcción artificial, por me-dio de un bombardeo constante de los medios masivos de comunicación, de mensajes que dividen la Humanidad en dos: los “buenos” (dado por los occidentales, representantes de la razón, la democracia y la libertad…, donde están estas grandes empresas pe-troleras), y los “malos” (los musulmanes, seguidores del Islam, supuestos fanáticos religiosos, bárbaros y atrasados), en el subsuelo de cuyos países -¡vaya casualidad!- se encuentran las grandes reservas de oro negro.

Desde hace años, terminada la Guerra Fría don-de cayó el bloque soviético, la prensa comercial del sistema capitalista viene preparando las condiciones para generar en Occidente un clima anti musulmán. De alguna manera, han transformado el islamismo en el “malo de la película”, una presunta “amenaza” para la tranquilidad de nuestros países no musulmanes.

En realidad, no se trata para nada de una guerra religiosa, de un “choque de civilizaciones”, como llegó a decir un catedrático estadounidense (Samuel Huntington), explicando supuestamente la situación. Se trata de una descarada manipulación que apela a sentimentalismos baratos, donde se erigió la figura del musulmán como un “terrorista” que acecha, sanguinario, siempre listo para atacarnos. Eso ya hace décadas que se viene preparando. Y la peliculesca caída de las Torres Gemelas y el ataque al Pentágono el 11 de septiembre de 2001, atribuido a “terroristas musulmanes”, terminaron de cerrar el círculo. Posterior a ese hecho, expertos en demoliciones pusieron en dudas esa caída. Todo indica que fue, básicamente, un espectáculo preparado, un “efecto especial” bien lo-grado.
La idea es sencilla: “antes que estos bárbaros sanguinarios nos ataquen, los atacamos nosotros”. Nace así, desde Washington, la teoría de las guerras preventivas. Es decir: se ataca “preventivamente” un país (Afganistán, Irak, y los que vendrán) para que esos “bárbaros asesinos” no ataquen y rompan la paz de los países democráticos. Tanto se ha venido insistiendo con eso que ya se creó una fabulosa matriz de opinión universal, muy difícil de desmontar el día de hoy.

¡Pero tenemos que desmontarla! Nosotros, los comunistas, debemos denunciar muy enfática-mente la mentira en juego. La “islamofobia” que se ha puesto a circular es una estrategia justificatoria de las guerras preventivas que el capitalismo global, encabezado por el imperialismo estadounidense, emprende contra los países repletos de reservas petrolíferas y gasíferas. No hay “choque de civilizaciones”: hay robo descarado de recursos que están en muy buena medida en el subsuelo de países de tradición musulmana, recursos vitales para el sistema capitalista y para las empresas que lucran con ellos.

La aparición de Al Qaeda y el temible Osama Bin Laden en su momento, enemigo público de Occidente; el hollywoodense ataque del 11 de septiembre en Estados Unidos luego; la reciente aparición del Estado Islámico como nueva plaga bíblica que amenaza con matar y aterrorizar al mundo, son todas maquinaciones que preparan condiciones políticas y culturales para las rapa-ces invasiones que estamos viendo, en nombre de salvaguardar la libertad y la democracia, castigando a esos “temibles” musulmanes.

Lo sucedido en Francia a manos de un presunto comando fundamentalista musulmán (el asesinato de caricaturistas que habrían “osado” burlarse del profeta Mahoma) se inscribe en esa política. La reacción (sin duda des-medida) en favor de la “libertad de expresión” de Occidente, la rápida movilización de jefes de Estado en contra de esa “barbarie”, la condena contra ese “brutal hecho”, llaman la atención. Se repudia de un modo monumental ese atentado, pero no se habla una palabra de los masacrados continuamente por las potencias occidentales en estas guerras preventivas (en Irak ya va 1 millón y medio de iraquíes muertos desde la invasión estadounidense), ni de los abusos monstruosos de Israel (base militar de Washington en Medio Oriente) contra Palestina, o de las abominaciones en las cárceles de Abu Ghraib y Guantánamo. Silencio por demás llamativo, silencio cómplice.

La muerte de los periodistas y policías franceses es condenable. Pero no debemos quedarnos con ese discurso anti-musulmán definitivamente superficial y criminalizador. Debemos ver más allá de las apariencias y denunciar las mentiras en juego.

El capitalismo está dispuesto a hacer cualquier cosa para mantener sus privilegios. Si tiene que seguir masacrando seres humanos para no bajar su “tasa de ganancia”, lo hará. Si tiene que llegar a una Tercera Guerra Mundial como salida a su crisis como efectivamente podría estarse gestan-do (guerra termonuclear, por cierto, con peligro de extinción de la Humanidad), lo hará. Y todo esto, aunque estamos geográficamente lejos, nos toca también a nosotros en Guatemala.


¡No permitamos estas infames manipulaciones! Denunciemos con vehemencia todo esto. Mostremos la verdad tras esta islamofobia construida: ahí está el interés de las corporaciones petroleras multinacionales. ¡Basta de mentiras!