jueves, 5 de marzo de 2015

MEDIO AMBIENTE: UN PROBLEMA POLÍTICO DE TODOS

Por Andrea Soto
La degradación de nuestra casa común –el planeta Tierra–, que desde hace algunos años se da con una velocidad vertiginosa, es más que un problema técnico: es político, y no hay ser humano sobre la faz del planeta que pueda escapar a éste.
Hoy día el discurso dominante habla insistentemente de “cambio climático”. Con ello se pretende encubrir la verdad del desastre en curso: el clima no cambió espontáneamente, ni “se enloqueció” la naturaleza para “jugarle una mala pasada” a la especie humana. Es el sistema económico-social dominante (el capitalismo), y su particular modo de relación con la naturaleza, basado en el descontrolado saqueo y explotación, quien ha alterado, de manera dramática, los equilibrios biofísico-químicos del planeta. Por eso resulta impropio (¡o más bien condenable!) atribuirle a la naturaleza la causa de los actuales problemas ecológicos. Digámoslo claramente: padecemos un desastre medioambiental de proporciones planetarias debida a los patrones de producción y de consumo insostenible que el sistema capitalista basado en la propiedad privada creó.
Quizás, un primer abordaje superficial del asunto, podría considerarlo como consecuencia de factores exclusivamente ligados a la tecnología. Así, la producción en serie, a gran escala, podría suponerse dañina. Pero la tecnología es un hecho altamente político. Si la forma de concebir e impulsar la productividad del trabajo se da en el marco del actual modelo de desarrollo (sin dudas contrario al equilibrio ecológico), esto resulta, ante todo, un hecho político, pues habla de cómo establecemos las relaciones sociales entre nosotros y con el medio circundante.
Es cierto que la moderna industria creada por el capitalismo transformó profundamente la historia humana. En el corto período en el cual la producción capitalista se enseñoreó en el mundo – unos dos siglos– la humanidad avanzó técnicamente como no había hecho en milenios. Este hecho constituye un gran paso en la resolución de ancestrales problemas. La técnica basada en la ciencia emergida del Renacimiento europeo, con su visión matemática del mundo, contribuyó a resolver muchos problemas sociales. La vida cambió sustancialmente con estas transformaciones, se hizo más cómoda para algunos grupos humanos, menos sujeta al azar de la naturaleza.
Al mismo tiempo, y contradictoriamente, millones de seres humanos fueron marginados de tales adelantos. Concebida como está, la producción capitalista es, ante todo, mercantil. Por tanto, lo que la anima no es la satisfacción de necesidades de los pueblos, sino el lucro. Más aún: la razón misma de la producción pasó a ser la ganancia; se produce para obtener beneficios económicos. Infinidad de cosas producidas son absolutamente innecesarias: sólo existen en tanto son mercancías para vender. Esta es la clave para entender la historia que transcurrió en este corto tiempo, desde la primera máquina de vapor inventada en Inglaterra.
Si lo que prima es vender, la industria relega la calidad de la vida en función de seguir obteniendo ganancia. Y el planeta, la casa común que es la fuente de materia prima para que nuestro trabajo genere riqueza social, se relega y aniquila paulatinamente. Consecuencia: el mundo se va tornando invivible.
La cada vez más alarmante falta de agua dulce, la degradación de los suelos por los químicos tóxicos que inundan el planeta, la desertificación, el calentamiento global, el adelgazamiento de la capa de ozono, el efecto invernadero, los desechos atómicos, los transgénicos, son problemas de magnitud global a los que ningún habitante de la humanidad puede escapar.
En el Foro Mundial de Ministros de Me­dio Ambiente reunido en la ciudad de Malmoe, Suecia, en mayo del 2000, en el marco del Programa de las Naciones Uni­das para el Medio Ambiente (PNUMA ), se reconoció en la llamada Declaración de Malmoe que las causas de la degradación del medio ambiente global están íntima­mente relacionadas con problemas socia­les y económicos tales como la pobreza generalizada, los patrones de producción y consumo no sustentables, la desigual­dad en la distribución de las riquezas y la carga de la deuda externa de los países pobres. En otros términos, vemos que la destrucción del medio ambiente responde a causas eminentemente sociales, a la for­ma en que los grupos humanos se organi­zan y establecen las relaciones de poder; en definitiva: a motivos políticos.
El modelo industrial generó problemas de magnitud descomunal. El poder de des­trucción –y de autodestrucción– alcanza­do por la especie humana creció también en forma exponencial, por lo que las po­sibilidades de auto desaparecernos son cada vez más grandes. Llegamos a Marte, o podemos bombardear el átomo… ¡pero el hambre sigue cruelmente presente! Y también las guerras, en tanto defensa a muerte de la propiedad privada de unos pocos privilegiados.
Todo lo cual reafirma que el noratlántico y la idea de desarrollo que ahí se gestó están en franca desventaja y atraso con respecto a otras culturas, como las orien­tales, americanas, africanas. Estas últimas tienen una cosmovisión en la cual, la na­turaleza está estrechamente vinculada con ser humano, por lo que ésta debe ser res­petada y cuidada.
El desastre ecológico en que vivimos no es sino parte del desastre social que nos agobia. Si el desarrollo no es sustentable en el tiempo y centrado en el sujeto con­creto de carne y hueso que somos, no es desarrollo. El capitalismo, dada su estruc­tura más profunda, no quiere, ¡ni puede!, detener esa máquina loca de la voracidad económica que lo alienta. El socialismo, por tanto, es la única salida posi­ble para salvaguardar la vida en el planeta porque su búsqueda es y debe ser la creación de felicidad de toda la humanidad, la satisfacción de las necesidades vitales y el equilibrio entre sociedad y naturaleza.

Por eso, hoy más que nunca, debemos retomar la consigna de la gran luchadora que fuera Rosa Luxemburgo: “¡socialis­mo o barbarie!”