lunes, 6 de abril de 2015

Universidad pública ¿versus? universidad privada

Por María del Carmen Culajay

Desde hace unos cuantos años ya pasó a ser común el prejuicio por el que consideramos de excelente calidad todo lo que sea iniciativa privada, mientras que vemos malo, corrupto e  ineficiente todo lo que sea público. Por supuesto que, como todo prejuicio, exagera determinadas características, generalizando indebidamente sin criterios críticos. Lo cierto es que, una vez puestos a circular, esos prejuicios son muy difíciles, cuando no imposible, de contrarrestar. No cabe ninguna duda entonces que, hoy por hoy, y no sólo en Guatemala, hablar de lo público es sinónimo de ineficiencia y corrupción.

Ahora bien: ¿de dónde sale ese mito? Definitivamente va de la mano del triunfo omnímodo del capital transnacional que tiene lugar en estas últimas décadas, tras la caída del muro de Berlín y la extinción del campo socialista soviético. Allí se entroniza el mito de la eficiencia de la empresa privada: la globalización de la que comienza a hablarse es la del capital triunfador sin enemigos que le hagan sombra. Más allá que sea eficiente para ganar dinero y no otra cosa, el mito que se ha repetido hasta el hartazgo es que lo privado trabaja mejor que la iniciativa pública, no desperdicia, no derrocha, se busca la calidad sobre todo, elimina el burocratismo y la pérdida de tiempo, es hiper productivo. En definitiva: ganador exitoso sobre perdedor decadente.

Bueno…, sin dudas que eso es mito, porque en lo que es eficiente es en lo primero: en ganar dinero. Lo demás: no cuenta. Si para obtener ganancias tiene que explotar el trabajo de miles y miles de trabajadores o destruir la naturaleza, ello es apenas una consecuencia colateral. La obtención de ganancias lo justifica todo. Luego se encargará la mentira mediática de arreglar las cosas.

Sin dudas que lo estatal, lo público, puede ser ineficiente, pesado y burocrático; ejemplos sobran, por supuesto. Pero con objetividad hay que decir que entre los dos modelos, lo público al menos tiene la intención de beneficiar al colectivo; la empresa privada sólo beneficia a sus dueños, lo cual ya marca un límite insalvable.
Todas estas características también están presentes si hablamos de la universidad. ¿Para qué hay universidades privadas? Ante todo, como con cualquier empresa privada (un fabricante de bicicletas, de automóviles o de electrodomésticos, un call center o un motel por horas, etc., etc.): ¡para ganar dinero! Secundariamente vendrá todo lo demás: la excelencia académica, el compromiso con los problemas de la realidad nacional, el prestigio, la tradición. Vendrán… a veces, porque no todas las universidades privadas lo alcanzan; en muchas lo único que prima es lo de la ganancia, y repetir la ideología.

Aunque parezca mentira y sea muy duro decirlo así, nunca hay que perderlo de vista: una empresa lucrativa busca, antes que nada, lucrar. Por eso en una universidad privada no importará si se explota a sus trabajadores (incluidos los académicos, claro está), si se cobran sin miramientos todos y cada uno de los servicios que se venden a precio prohibitivo (cursos, exámenes, ropa, distintivos y banderines). Si la consigna es lucrar, hay que cuidar al cliente que es el que paga. ¿El cliente siempre tiene la razón? Bueno, eso explica por qué tan pocos alumnos pierden clases, y en general todo el mundo gana con buenas notas, siempre muy por arriba del promedio de las públicas.

Si vemos las cosas desde la maniquea concepción que el discurso ideológico fue forjando estos últimos años en términos de “buenos” y “malos”, está claro dónde está la universidad pública y dónde la privada.

Lo que resulta evidente es que en nuestro país la formación universitaria sigue siendo un lujo que muy pocos alcanzan: no pasa del 5% del total de la población nacional. Eso ya es vergonzoso en sí mismo. Ahora bien: la universidad pública –por cierto, con un considerable prestigio tras de sí, una de las más viejas del continente– ha sido un importante factor de desarrollo, aportando en la construcción de nuestra sociedad. Si hoy día está así de deteriorada, copada por mafias que la van transformando en una suerte de universidad privada sui generis donde se venden títulos y todo se maneja por politiquería y compadrazgo, sin proyecto académico real, casi sin investigación, con puras foto-copias y entronización del “copy/paste” (¡no sólo en los alumnos!), es porque los tiempos del libre mercado y la entronización de la empresa privada también llegaron a ella. ¿Cuántos profesores y alumnos críticos fueron desaparecidos durante los años de la feroz represión?

Grandes universidades del mundo, prestigiosas y de gran nivel técnico, son públicas. ¿Cuál sería el impedimento para que una universidad del Estado no pudiera ser de alto nivel? Obviamente: ninguno. Lo que está sucediendo en la tricentenaria Universidad de San Carlos de Guatemala es, igual que en todos los países de nuestra América Latina, un proceso de vaciamiento intelectual y un triunfo de los ideales privatizadores y neoliberales que permitieron que en el lapso de unos pocos años florecieran universidades privadas como hongo, muchas de ellas no pasando de ser “universidades de garage”. Repito: ¡mito de la eficiencia!

¿Necesitamos en Guatemala una docena de casas de altos estudios? Evidentemente ahí hay un juego perverso: un país donde apenas una muy reducida élite llega a la universidad y donde la población general presenta aún tasas de analfabetismo de más del 20%, se podría bastar perfectamente con una sola universidad pública bien equipada. ¿Por qué esa proliferación de “tiendecitas” universitarias que no para? ¿Quién asegura la calidad ahí?

Como en todo este discurso puesto de moda y ya entronizado en estos últimos años: hablar de lo privado es, supuestamente, sinónimo de calidad. En la formación universitaria eso ni se discute: las priva-das están limpitas, con buenos jardines y computadoras para todos los alumnos, y quienes allí van llegan siempre con buenos carros. Ah, y los profeso-res tienen todos posgrados y hablan muy bien inglés… Pero… ¿es eso garantía de lo que realmente necesita el país? ¿Universidades que se encargan de preparar buenos técnicos que hablan bien en inglés y piensan obstinadamente sólo en ganar dinero? ¿Universidades que se jactan de ser parte de esa élite de afortunados que no tienen que trabajar desde los 18 años? Llamar a la defensa de lo público no es bajar el nivel: ¡es subir infinitamente el nivel más allá de ese cuestionable mito de la eficiencia privada! Los grandes institutos de investigación científica en innumerables casos pertenecen a casas de estudios superiores estatales. ¿Por qué no podría ser así?

La universidad, en tanto una de las instituciones más importantes de un país, tiene la obligación de ser parte fundamental de su proyecto como nación, contribuir con ideas, acciones y profesionales que vayan más allá de su tiendecita; la universidad es la cabeza pensante del proyecto político-social de un colectivo. Si no, es una formadora de maquinitas de ganar dinero (despreciando a quienes no entran en ese selecto club), y no pasa de ser una empresa lucrativa más desperdiciando todo su potencial intelectual. Y en esa perspectiva, la producción científica sigue estando al servicio de la empresa lucrativa, pero no de las mayorías.

Si nuestra San Carlos, la pública, está convertida hoy en esa cosa amorfa sin proyecto, llena de corruptos e ineficientes, botín de guerra para muchos, disputada como trofeo de caza y no para generar ciencia e investigación de verdad, con profesores advenedizos e improvisados en muchos casos (no todos, obviamente), no es porque el Estado sea forzosamente corrupto e ineficiente: es porque grupos de poder están interesados en que eso así sea. Las fuerzas armadas, ¡que son públicas!, son eficientes a la hora de hacer su trabajo; de eso no caben dudas. La universidad puede –digámoslo sin tapujos: ¡debe!– ser una vanguardia de ideas, crítica, amplia, universal. Si no, no se diferencia de una fábrica de bicicletas, de un call center… o de un motel.

En Camino Socialista, No 4, Año 2, 2015.