viernes, 22 de julio de 2016

CUIDADO CON LO DE LA LUCHA CONTRA LA CORRUPCIÓN

Por María Patzán


Desde el año 2015 estamos
en medio de una dizque frontal lucha contra la corrupción. Los medios de comunicación comerciales han llevado el tema a lo más alto, y pareciera que ahora ese es el principal problema de nuestro país. Pero ¡cuidado!: toda esta furiosa campaña puede ser más que nada un distractor.

No hay dudas que Guatemala desde su fundación, y antes aún, desde la época de la colonia, está marcada por una cultura de corrupción. Los funcionarios públicos, como no podría ser de otro modo, también.

Decimos esto para empezar a aclarar por dónde queremos ir: la corrupción es un mal, o si queremos: una práctica sociocultural, enquistada en todas y todos, también en el ciudadano de a pie y no solo en el funcionario público. Es tan corrupto el que recibe un soborno como quien lo da. Esto no hay que olvidarlo nunca, camaradas, porque si no estaríamos ante una apreciación sesgada de las cosas, y “corruptos” solamente serían las personas ligadas al gobierno. El que no paga impuestos dentro del sistema capitalista –como la burguesía que inventa mecanismos para evadir– ¡también es corrupto!

De alguna manera, lo que se quiere transmitir con toda esta furiosa campaña anti corrupción que ahora se desató, pareciera apuntar a que estamos mal “por culpa de los políticos ladrones”. Siguiendo esa lógica: son los funcionarios corruptos, los políticos que ocupan cargos en el Estado, los “malos de la película”, la causa de nuestras penurias. ¡Y ahí está el engaño justamente!

En Guatemala arrancó toda esta cruzada, lográndose encarcelar a los que fueron presidente, Otto Pérez Molina,  y vicepresidenta Roxana Baldetti. Como la “jugada” resultó exitosa, siguieron iniciativas anti corrupción similares en varios países de América Latina, curiosamente todos con gobiernos opuestos (al menos un poco) al imperialismo. Así se fabricaron campañas mediáticas –no muy distintas a las que tuvimos aquí el año pasado– en Argentina, Brasil, Bolivia, Venezuela. El objetivo fue similar en todos los casos: sacar de en medio gobiernos que se resisten y rebelan a la política imperial de Estados Unidos.

Todo esto, sin embargo, debe llevarnos a plantear críticamente, como comunistas, qué hay detrás de la “jugada”. Y el imperialismo gringo no es ajeno a esto. ¿Desde cuándo un embajador gringo está tan preocupado por la corrupción que hay en nuestro país? Ahí algo huele mal. Ahora aparecen furiosas proclamas contra la corrupción gubernamental haciendo pasar el “mal desempeño” de las administraciones como la causa de las penurias que sufrimos. Pero ¡cuidado! Ese no es el núcleo del problema. La cuestión sigue siendo, ahora como hace años atrás, desde que existe el capitalismo: la explotación de la clase capitalista, la burguesía, contra la clase trabajadora de la ciudad y el campo.

Quienes producimos la riqueza somos nosotras y nosotros, la clase trabajadora, no importa qué tipo de trabajo se realice: en el campo, en la industria de la ciudad, como empleados de servicios, maestros, intelectuales, artesanos o vendedores ambulantes. Es la clase trabajadora, y no hay más explicación, la que crea la riqueza. Pero quien se la apropia es la clase poseedora de los medios productivos: el terrateniente, el industrial, el banquero. Nuestra situación de pobreza, aquí en Guatemala como en cualquier parte del mundo, se debe a la explotación que representa el sistema capitalista. ¡¡Esa es la causa, y ninguna otra!!

Con la actual campaña anti corrupción nos quieren hacer creer que nuestra exclusión histórica, nuestra pobreza, el abandono en que nos tienen como clase trabajadora (indígena o no indígena, eso no importa; hombres o mujeres, jóvenes o viejos –y por supuesto que a los pueblos mayas les va peor–) se debe a la corrupción, a que algunos funcionarios se roban determinada cantidad de fondos públicos. ¡¡Y eso no es así, camaradas!! La corrupción, en todo caso, es una consecuencia de un sistema basado en la propiedad privada y en el lucro. “Todo ser humano tiene su precio”, dijo algún pensador. Eso es así en tanto haya propiedad privada; es decir: cualquiera se puede vender por unos cuantos quetzales. Todos somos corruptibles y sólo la ética comunista nos puede salvar de ese cáncer.

Por supuesto que la corrupción es una lacra, pero encarcelando a unos cuantos funcionarios de Estado (presidentes, ministros, diputados, algún empresario, o cualquiera de sus allegados que roban a la sombra un puesto público) no se termina la explotación del trabajador, que es la verdadera y única causa de nuestra pobreza histórica, de nuestra exclusión, de nuestro abandono.

Todo lo que estamos viendo ahora tiene mucho de espectáculo mediático bien montado. En la República Popular China a los funcionarios corruptos se les fusila. ¿Veremos algún fusilamiento aquí, donde todavía existe la pena de muerte, por casos de corrupción? ¿Se fusilará a algún empresario o militar por corrupto? ¿Se está intentando corregir realmente esta práctica, o es un distractor más para la población?

Como comunistas debemos tener muy claro que el enemigo de clase, el verdadero enemigo contra el que debemos enfilar la lucha, es la clase explotadora y dominante. Los políticos de turno, algunos de los cuales se roban los fondos públicos que existen porque pagamos impuestos, son una escoria, por supuesto: ¡pero ellos, además de aprovechados y ladrones, son solo los que administran las palancas de un Estado que sirve a la clase explotadora y dominante! Con o sin esas lacras la situación de los trabajadores no varía en lo sustancial. Por lo tanto: no avalemos la corrupción, pero vayamos mucho más allá de su crítica para cambiar algo. Si tenemos que cambiar alguna cosa: ¡es el sistema capitalista!