miércoles, 24 de agosto de 2016

LA VORACIDAD CAPITALISTA NIEGA LA VIDA

Ramona López Bal


La voracidad de los capitalistas criollos y extranjeros destruye inmisericordemente nuestra eterna primavera. Por caña de azúcar, palma aceitera, banano y ganado vacuno se consumen los bosques y, de pasada, expulsan a la población campesina que se encuentra a su paso. También en la fabricación de papel se hartan los bosques.

Por energía eléctrica frenan el caudal de ríos e inundan tierras productivas y habitadas por población rural, violando el derecho humano al agua. Por elevar la producción de sus cultivos desvían ríos, disminuyen y secan su caudal, dejando sin fuentes de agua a la población comunitaria que vive en las riveras.

Por elevar su producción fabril y la limpieza de sus vehículos e instalaciones perforan pozos sin medida ni control, disminuyendo peligrosamente el manto freático como fuente de agua dulce. Para mantener en funcionamiento sus maquinarias consumen desmedidamente combustibles fósiles y al quemarlos contaminan asfixiantemente el aire que respiramos.

Para extraer minerales y metales de las entrañas de la tierra aniquilan selvas y bosques y bombardean, perforan y destruyen cerros y montañas, para después procesarlos con sustancias químicas que envenenan la tierra y las aguas de sus alrededores. Sus fábricas industriales y empresas de servicios expulsan contaminantes venenosos que circulan en ríos y riachuelos que van a parar al mar, lagos y lagunas matando la vida y envenenando mortíferamente a los humanos.

Los capitalistas criollos y extranjeros también destruyen nuestras selvas y bosques en la búsqueda de maderas, para el negocio de muebles, diseño arquitectónico y la construcción de viviendas. Con la explotación petrolera despojan del territorio a sus pobladores dueños y contaminan con residuos aceitosos a importantes extensiones de terrenos, ríos y lagunas.

Los capitalistas se apropian privadamente del agua natural, la envasan y la venden sin haber invertido mucho capital; este negocio les sale prácticamente regalado, pero altamente ganancioso.

¿Y qué con los capitalistas “constructores” de carreteras? Éstos también despojan sin ningún costo y por el derecho de vía a pobladores, contaminan con desechos sólidos y derivados del petróleo y llenan de cemento y asfalto inmensas extensiones de tierras que ya no filtran el agua de lluvia y contribuyen a la formación de correntadas que arrasan y erosionan los suelos. La “jungla” de asfalto, cemento y concreto de las ciudades con visión capitalista contribuye al calentamiento global.

La explotación capitalista de la naturaleza repercute negativamente sobre el desarrollo de los pueblos y de la humanidad. Mantiene los niveles de explotación humana del trabajo, crea más pobreza y mata por contaminación y enfermedad, ahonda la diferencia entre ricos y pobres. Mientras la pobreza aquí en Guatemala llegó al 60% de las familias el año pasado (2015), la riqueza de los dueños de los 15 conglomerados capitalistas más grandes (industriales, agrícolas, maquileros, mineros, banqueros y energéticos) aumentó en 1,000 por mil. La locura capitalista de apropiación de los bienes naturales enriquece enormemente a los grandes empresarios, mientras explota más a las trabajadoras y los trabajadores y empobrece famélicamente a la población indígena y ladina ya empobrecida y excluida por el sistema lucrativo cruel y despiadado.


No es la población rural, ni las clases sociales trabajadoras, ni todas las capas medias consumidoras las responsables de la problemática ecológica del país. Son las clases dominantes burguesas y oligárquicas las responsables de la destrucción ecológica y de la destrucción de la humanidad. Nos toca expropiar sus medios de producción para detener su criminalidad ambiental. 

En Camino Socialista No. 16, julio 2016, Época 1.