domingo, 21 de agosto de 2016

LAS "ROSCAS" DEL PODER EN GUATEMALA

Por Rosa Tipax

Si uno pregunta: ¿quién tiene el poder en Guatemala?, la respuesta no es fácil. Al contrario: está bastante complicada, porque el panorama político es sumamente complejo.

Lo que sí está claro, y para nada podemos confundirnos en esto, es que la gran masa de pobres no lo tiene. El campesinado, la clase trabajadora de las ciudades, los estudiantes, los vendedores informales, las mujeres, los pueblos indígenas, ninguno de nosotros tenemos  realmente poder. Si nos hacen creer que, como pueblo soberano, nosotras y nosotros decidimos la marcha del país con nuestro voto cada cuatro años, eso es una completa falsedad.

Podemos ir a las urnas cada cierto tiempo, pero con eso no cambia nada, absolutamente nada. No cambian las cosas que de verdad nos importan como pueblo trabajador: el acceso a la tierra, la capacidad de compra de nuestros salarios, la garantía de nuestros derechos a través de los servicios básicos, nuestra calidad de vida en términos amplios. No cambian ni pueden cambiar porque toda esta farsa de la democracia no es más que eso: farsa, distractor, engaño con el cual nos quieren hacer creer que nosotras/os decidimos algo, cuando en realidad no decidimos nada.

Entonces, si no es el pueblo el que manda, ¿quién lo hace? La respuesta inmediata es: la clase dirigente. Ahora bien: ¿quién es y cómo está compuesta esa clase en nuestro país? ¿Se define todo en lo interno de la nación, o cuentan también las potencias extranjeras? Veamos esto en detalle.

Guatemala, desde la época de la Colonia, ha sido y sigue siendo un país que depende de una nación dominante de afuera. En su momento, del reino español. Desde la llamada independencia, de la gran potencia norteamericana: Estados Unidos. En términos estrictos, ya que fuimos y seguimos siendo dependientes, en principio podríamos decir que aquí manda un gobierno externo. Hoy es groseramente evidente: las decisiones políticas de fondo pasan por la embajada de Washington en el país. Ese es, sin dudas, el principal actor tomador de decisiones.

Dentro del país, y como otro grupo igualmente muy importante, tenemos la oligarquía tradicional, los ricos de siempre, aquellos que en muchos casos vienen de la época colonial, aquellos que se beneficiaron del despojo de la tierra y la riqueza agraria (añil en su momento, luego café, caña de azúcar, hoy palma africana). Y también otros poderosos grupos económicos que surgieron de actividades urbanas entre fines del siglo XIX y comienzos del XX (industrias varias, servicios, actividad bancaria). Todos ellos están representados en el CACIF (Comité Coordinador de Asociaciones Agrícolas, Comerciales, Industriales y Financieras), la central patronal que dirige buena parte de la economía del país, y por tanto de su política.

Y existe otro grupo, muy poderoso por cierto, pero que no controla las palancas últimas de la economía: son los sectores militares (activos o en retiro) y todos los tenebrosos contactos y tentáculos que posee. Estos grupos, a veces conocidos como “poderes paralelos y ocultos”, han manejado el Estado desde la época de la guerra contrainsurgente y, para ser más precisos, desde 1954. De ese modo, se fueron enquistando en distintas dependencias estatales, controlando hoy día una buena parte de toda esa estructura, con injerencia en los tres poderes de Estado: ejecutivo, legislativo y judicial. Manejan negocios “sucios”, ilegales, tales como el narcotráfico, el crimen organizado, contrabando, tráfico de personas y de armas, contratos leoninos con el Estado. Sus bandas están bien identificadas, y tienen nombres inconfundibles: El Sindicato, La Cofradía, La Oficinita, la Red Moreno, y más recientemente La Línea. Son mafias, se mueven con criterios mafiosos, asesinan, tienen un interés exclusivamente lucrativo. El acceso a armas e inteligencia del Estado que tuvieron por largo tiempo, y su cuna militar, hacen de estos sectores peligrosos actores con las manos manchadas de sangre.

La embajada gringa o el CACIF no son mucho mejores, porque también asesinan, tienen procederes mafiosos y muestran un interés exclusivamente lucrativo. ¿Cuál es la diferencia? Que estos últimos son poderes legales. Las mafias, no. Fuera de eso, son totalmente iguales.

Para el campo popular, para quienes vivimos de nuestro trabajo, todos los poderosos que manejan el dinero son igualmente peligrosos: ¡son el enemigo de clase! Un finquero terrateniente, un empresario industrial, un banquero, un narcotraficante o un acaparador de bienes inmuebles, cualquiera de ellos es el que se queda con la riqueza que nosotros producimos con nuestro trabajo. En términos estructurales, cualquiera de ellos tratará de explotarnos. El “refinado” banquero, con mucho dinero y perfume francés que tal vez estudió fuera del país, no es distinto del contrabandista o el asalta furgones: todos disfrutan la posición económica privilegiada que tienen a partir de nuestro trabajo (¡de la explotación de nuestro trabajo!).

Hoy día asistimos en el país a una curiosa recomposición de poderes. Las mafias enquistadas en el Estado, ligadas siempre a negocios “sucios” y a mandos militares, van siendo desplazadas/arrinconadas por una supuesta nueva perspectiva del poder judicial, donde juegan un importante papel la CICIG y el Ministerio Público. Pero ¡cuidado! ¡¡Ahí hay gato encerrado!! ¿Podemos creernos que un país como Guatemala, marcado históricamente por la más rampante impunidad y corrupción, ahora sea un ejemplo para el mundo en transparencia y honradez? ¿Quién impulsa esta “cruzada” moralizadora?

Ahí es donde podemos ver el juego real de poderes, y quién manda efectivamente. Los poderes ocultos –que no han desaparecido, por supuesto– están siendo embestidos. Pero hasta peces gordos del empresariado -como el caso de Aceros de Guatemala, Energuate o el Banco G&T Continental- están siendo tocados en esta lucha anticorrupción. ¿Quién maneja todo eso?

El crimen organizado, como en cualquier país del mundo, es eso: crimen. Tienen una importante cuota de poder, en muchos casos hecha a plomazos (vínculos con los militares, no olvidar); pero llegan hasta ahí. La oligarquía –las grandes familias dueñas históricamente de todo– sigue mandando, pero hasta cuando no pagan impuestos pueden ser tocadas, como fue el caso de Aceros de Guatemala. Eso demuestra que la estrategia de Estados Unidos no da un milímetro de espacio por fuera de su plan. Y todo indica que quieren una Guatemala y una Centroamérica “gobernable”, con un Estado no manejado por delincuentes, que impida la salida en chorro de migrantes, y que les permita tener un patio trasero tranquilo. Esto demuestra que es Estados Unidos el que constituye el principal poder hoy en Guatemala.

Ante eso, para el campo popular, para nosotros los comunistas, ¿quién es el enemigo? Cualquier forma de explotación, llámese imperialismo gringo, capitalismo agrario o industrial, capital transnacional o mafia del crimen organizado. Es el sistema capitalista en su conjunto, que permite cualquiera de estas formas económicas, sociales y políticas aberrantes.