miércoles, 23 de noviembre de 2016

¡Terminemos con el patriarcado!

Por: Aníbal Monzón

Los comunistas aspiramos a cambiar el mundo para lograr un lugar de mayor justicia, de mayor equidad. Para eso, sabemos, es imprescindible transformar las relaciones económicas. Pero con ese cambio no termina todo: hay muchas más cosas para seguir transformando. Existen otras injusticias, igualmente nocivas, dañinas, injustificables.

Entre ellas están las injusticias de género. No es ninguna novedad que la historia de la sociedad humana está atravesada por esta odiosa, injustificable injusticia. Guatemala no podría ser la excepción. Eso ha sido así por milenios, pero alguna vez debe terminar. Los varones no tienen ningún derecho especial sobre las mujeres; si el mundo funciona así, dándole primacía a los primeros, eso es una pura construcción histórica, y como tal, puede (¡y debe!) cambiar.

Las relaciones humanas pueden ser solidarias, con igualdad, horizontales. Esa es la aspiración del comunismo. Pero no siempre sucede esto; por el contrario, la experiencia nos muestra que lo más común, al menos de momento, es su contrario: verticalismo, desigualdad, abuso de poder. Las relaciones entre los géneros se enmarcan en esa matriz.

Los varones no tienen ninguna prerrogativa sobre las mujeres: son exactamente iguales. ¡¡Todos los seres humanos somos exactamente iguales!! Las diferencias sexuales anatómicas (igual que las diferencias de personalidad, las diferencias subjetivas) no pueden justificar nunca, de ningún modo, la explotación y opresión de un género por otro.

Lo que es evidente, aunque los machistas digan que no, es que el género masculino tiene más privilegios que el femenino. A esa dominación la llamamos “patriarcado”.

Ejemplos al respecto, sobran: la gran mayoría de propiedades del mundo (dinero, bienes inmuebles, empresas, tierras, acciones, vehículos) están a nombre de varones; la mujer es “propiedad” del varón (Señora de Fulano, y no al revés: Señor de Fulana); lo que para un varón se considera tolerable, hasta incluso se puede premiar (echarse una “canita al aire”, por ejemplo), para una mujer una mujer es objeto de condena; el trabajo doméstico femenino no se considera trabajo (“¿Tu mamá trabaja? No, es ama de casa”); la mujer es puesta siempre como objeto sexual para los varones (pensemos en cualquier publicidad gráfica, por ejemplo); por un mismo trabajo a una mujer se le paga menos que a un varón; la participación de mujeres en la toma de decisiones políticas y conducción de instituciones es infinitamente menor que la masculina; en la violencia doméstica quien mayoritariamente sale dañada es la mujer. Para llegar al colmo de decir “Hombre” por sinónimo de “Humanidad”. El patriarcado está hondamente instalado y normalizado, aceptado sin mayores cuestionamientos.

Estas abominables injusticias están justificadas desde los más diversos puntos de vista. Las religiones las avalan, sacralizándolas. En nuestro sentido común, en nuestra ideología dominante, en el Estado, en las leyes, todo apunta a seguir manteniendo la opresión de varones sobre mujeres. Para poner algún ejemplo: según las leyes guatemaltecas, luego de una violación sexual, si la mujer aceptaba casarse con su violador, el varón abusador inmediatamente quedaba libre de toda responsabilidad penal. Esa ley, valga remarcarlo, recién fue derogada en el 2005, 10 años después de terminada la guerra. Y hasta 1977, según ley constitucional de la República, la mujer que quería trabajar fuera de la casa devengando salario debía tener la autorización explícita de algún varón: es-poso, padre, hermano.

No hay ninguna duda que las opresiones de género y sus consecuencias siguen siendo una cruda realidad. Incluso entre compañeros revolucionarios el machismo sigue estando presente. ¿Cuántas mujeres comandantes había en la lucha armada? ¿Cuántas dirigentes obreras o campesinas hay junto a dirigentes varones? “La mujer existe para parir hijos”, dijo Tomás de Aquino, llamado santo; parece que, en buena medida, lo seguimos creyendo…

Por todo ello, comunistas, debemos abrir una pro-funda reflexión al respecto, y promover cambios en esto. La situación de explotación y subyugación de las mujeres no es una cuestión que solo las mujeres deberán arreglar. Eso plantea cierto feminismo extremo, que puede llegar a hacer un ícono de Lorena Bobbit (la mujer que le cortó el pene a su esposo, un reiterado golpeador).

El tema del machismo-patriarcal que reina en la sociedad es un asunto político-social, cultural e ideológico, que toca a todos los seres humanos: por supuesto que las mujeres llevan la peor parte, pero la solución a esa injusticia debe buscarse en-tre todas y todos. Si alguien tiene que cambiar, por supuesto que son los varones antes que nadie, aceptando que no valen más que las mujeres.

La revolución socialista, nuestro objetivo como comunistas, debe transformar el mundo. Y en esa transformación es imprescindible también, junto al cambio en las relaciones de propiedad económica, hacer añicos esta ideología y práctica machista-patriarcal, para dar lugar a nuevas relaciones entre géneros, con igualdad, con horizontalidad.

Bien dice la consigna:
¡Sin mujeres, no hay revolución!

Camino Socialista No 19, septiembre de 2016, Año 3, Época 1