domingo, 31 de julio de 2016

Revolución bis

Slawomir Mrozek


Nowosadecki, Majer y yo fuimos a uno de nuestros restaurantes de siempre.

—Mira, han cambiado de nombre — observó Majer.

Ciertamente, en vez de llamarse Del Ejecutivo Central, se llamaba ahora Arco iris Hawaiano.

—Es por la reprivatización —explicó Nowosadecki—.

El negocio ya no es propiedad del Estado, sino de un particular.

Entramos y nos sentamos en la mesa.

—¿Qué desean los señores? —preguntó un camarero, que no nos reconoció, como nosotros tampoco a él.

Además del nombre, habían cambiado de personal.

—Lo de siempre, medio litro por cabeza, lo que hace un total de litro y medio.

—Naturalmente, medio litro. Pero ¿de qué?

—Si está bromeando, yo ya me he reído lo mío

—contestó Majer—, así que ahora póngase a servir.

—Tenemos Chivas Regal, Johnny Walker, Black Label, Bushmills, Cutty Sark, Ballantines, Grouse, Bordeaux, Bourgogne, Beaujolais, Champagne...

—¿No hay vodka puro?

—le interrumpió Majer, que no conocía lenguas extranjeras.

—Desde luego: Smirnoff Vodka, Don Kozaken Vodka, Crystal Vodka, Colossal Vodka y Capital Vodka.

—¿Y vodka normal no hay?

—Normal del todo, desgraciadamente, no.

—¿Qué tal Don Kozaken?

—propuso Nowosadecki. Al menos resulta familiar. Pero resultó que Don Kozaken superaba también nuestras posibilidades económicas, así que abandonamos el Arco iris Hawaiano.

—Siento el yugo del capitalismo oprimiéndome

—dijo Majer una vez en la calle.

—Yo también —estuvo de acuerdo Nowosadecki—. Tenemos que levantar el socialismo de nuevo. Nos pusimos manos a la obra. Nowosadecki se agenció la maquinaria; Majer, la materia prima, y yo encontré el local, es decir, el sótano. Y es que destilar aguardiente casero se penaliza con severos castigos, así que, como buenos revolucionarios, tenemos que trabajar en el subsuelo.


lunes, 25 de julio de 2016

ARTE Y CULTURA EN LA FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA DE CLASE

Por Julio Figueroa


Pareciera que estamos retornando a escritos viejos, a otro mundo, a un contexto que no es atingente con la coyuntura actual de lucha contra la corrupción, redes de defraudación, agradecimientos a los Estados Unidos de Norte América por su intervención para sanear nuestro sistema jurídico-político, manifestaciones de la plazocracia o Sabadocracia, la desnutrición en el país, las casas del Cambray, etc.

Me parece que con justa razón se escucha en los pasillos de los centros de reunión de la izquierda guatemalteca el susurro de la cultura que no quiere morir, porque ella es parte intrínseca de los procesos de la lucha social, política y revolucionaria.

La propuesta de cambio social, político y económico que conlleva la lucha por la transformación de los pueblos, no puede ir divorciada de la producción de cultura que recrea en las artes, la filosofía, las letras, las relaciones humanas, todos los contenidos de la nueva vida que se propone desde las calles, desde las organizaciones.

La producción cultural de un movimiento le sirve para animar, identificar, educar, construir al hombre y mujer del nuevo orden.
La clase dominante se hace acompañar de su producción cultural, la cual se ofrece por los medios de comunicación masiva, por las redes virtuales de comunicación, por medio de la escuela, la religión, las instituciones del Estado, la familia, formando una conciencia que vibra entre el consumo, la competencia, el individualismo, los vicios, la violencia, el miedo, el terror, la ignorancia, la dependencia, el subjetivismo, el surrealismo mágico, la estética a cambio de la esencia, etc. En tanto que las capas medias y la clase trabajadora empobrecida, busca superarse teniendo como modelo lo que el sistema le ofrece: la cultura dominante.

Si nuestra apuesta va por el cambio del sistema, entonces debemos tener una estrategia cultural que acompañe todo el proceso, lo que equivale a decir que debemos ganarle a la clase dominante en el terreno de las ideas, incidiendo en la mentalidad de las masas, transformando el pensamiento, el hábito, los mitos, ritos y símbolos sistémicos.

Debemos crear en el ideario de la población que sí, efectivamente, existe un mundo mejor, el cual podemos construir, para lo que nuestro mejor vehículo es la producción cultural, para penetrar en las entrañas del pensamiento y del ser de la población y, en especial, en la juventud, la niñez y la adolescencia.

En cada organización social amplia debe haber una expresión artística; todas las organizaciones artísticas de las organizaciones deben intercambiar y contribuir al desarrollo del pensamiento de la lucha de clases.

El teatro, la poesía, la canción, la pintura, la danza, la literatura, etc., deben responder a la construcción de esa conciencia de clase, a fortalecer el espíritu de lucha en todas las jornadas, a unificar los esfuerzos en el terreno de la solidaridad entre las organizaciones populares.

El análisis de la realidad, el estudio permanente y la crítica y auto-crítica deben alimentar cotidianamente la construcción de la cultura de clase, de la clase trabajadora (obreros, campesinos o cualquier forma de trabajo explotado).

En los barrios, en las escuelas, en las universidades, en las organizaciones populares, hay que generar la cultura de la clase trabajadora. ¡Esa es nuestra misión como comunistas!

Si nuestra apuesta va por el cambio del sistema, entonces debemos tener una estrategia cultural que acompañe todo el proceso, lo que equivale a decir que debemos ganarle a la clase dominante en el terreno de las ideas, incidiendo en la mentalidad de las masas, transformando el pensamiento, el hábito, los mitos, ritos y símbolos sistémicos.

domingo, 24 de julio de 2016

¿QUÉ BUSCA ESTADOS UNIDOS EN LATINOAMÉRICA?

Por Alberto Pérez


Latinoamérica fue siempre considerada el “patio trasero” para el imperialismo de Estados Unidos. Desde el siglo XIX eso es así; lo fue durante el siglo XX en forma brutal y todo indica que lo podrá seguir siendo en el siglo presente. ¿Por qué?

El imperialismo yanqui, como cualquier imperio a lo largo de la historia, necesita expandirse. Su sed de acumulación y dominio va más allá de sus fronteras, por eso busca continuamente nuevos botines.

Anteriormente los imperios (cualquier sea: chino, griego, inca, romano, zulú, español) buscaban territorios; con el imperialismo del sistema capitalista lo que las potencias buscan es materias primas y mercados para colocar sus productos elaborados industrialmente. Con Estados Unidos como gran potencia, esa forma del imperialismo se llevó a un grado máximo.

Estados Unidos es hoy el gran país capitalista. Es cierto que la pujanza que tenía cuando terminó la Segunda Guerra Mundial ya no es la misma; en aquel entonces era el amo y señor de todo el mundo capitalista, marcando el ritmo en todos los aspectos: económico, militar, científico-técnico. Su moneda, el dólar, llegó a ser el patrón económico universal, desplazando al oro. La influencia de su cultura (bueno…, es una manera de decir: ¿son “cultura” la Coca-Cola, el Mc Donald’s y toda la fantasía barata de Hollywood?) se expandió por todo el planeta, imponiendo un forma determinada que quedó hondamente marcada en la población. Hoy, segunda década del siglo XXI, el mundo es distinto: la economía yanqui no está en tan absoluta expansión, el dólar encuentra otros rivales (el euro europeo, el yuan chino, el rublo ruso), y tiene serios competidores en Rusia y China. Pero lejos está de ser un imperio en decadencia. En esa dinámica, toda Latinoamérica aparece como su resguardo.

Por qué es tan agresivo hoy día Estados Unidos con nuestros países de la Patria Grande? Porque América Latina le representa su reaseguro, su reserva estratégica. Aquí consigue, como mínimo, tres cosas: 1) recursos naturales, 2) mano de obra barata y 3) mercado para sus productos.

Recursos naturales le sobran a Latinoamérica, por eso el imperio viene a buscarlos. Petróleo, agua dulce, minerales estratégicos y biodiversidad de las selvas tropicales son el botín preciado. La voracidad yanqui no tiene límites, por eso estamos en su mira.

Por otro lado, para competir a escala global con otras potencias, fundamentalmente contra la economía china, Estados Unidos ve en la mano de obra precarizada de nuestros países la posibilidad de producir a bajos costos para salir al mercado global. De ahí que necesita de Latinoamérica para invertir (maquilas, call centers, etc.), pues aquí los salarios son más bajos que en su país, no paga impuestos, no tiene controles medioambientales y puede exigir la inexistencia de sindicatos.

Por último, el imperialismo ve en Latinoamérica un gran mercado, su patio trasero “natural”, y no quiere que nadie ose entrar aquí a competir. “América para los americanos” decían ya en el siglo XIX (doctrina Monroe), lo cual puede entenderse: América para los NORTEamericanos.

Es por todo ello que la clase dominante del país del Norte nos tiene controlados, sojuzgados, maniatados. El problema básico nuestro sigue siendo el sistema capitalista, pero a ello se suma la forma que el mismo ha ido tomando, teniendo a esta potencia imperialista como la principal expresión de la rapacidad de los capitales. El imperialismo, como dijera Lenin a principios del siglo XX, es la “fase superior del capitalismo”. Por tanto, el problema a enfrentar es el sistema mismo. Pero no hay dudas que el imperialismo tiene una dinámica propia que nos agobia más aún, pues nos controla hasta la médula, y si es necesario (para sus intereses), nos ataca. Por eso estuvo atrás de todos los golpes de Estado y dictaduras militares que atravesaron Latinoamérica a lo largo del siglo XX. Y por eso, ahora que ya no apela más a las dictaduras títeres, tiene desplegadas más de 70 bases militares con alta tecnología bélica en todo nuestro continente controlándonos, preparando las condiciones para tener gobiernos títeres dóciles a su proyecto hegemónico.

Como comunistas tenemos que tener claro que nuestro enemigo es el capitalismo en tanto sistema. Pero al mismo tiempo, no debemos pasar por alto que en nuestros países el principal exponente de ese sistema de explotación es el imperialismo, representado por sus embajadas, que siguen siendo un principalísimo factor de poder en la política nacional. El enemigo no es el pueblo trabajador estadounidense sino la avidez de sus grandes empresas, representadas por su gobierno.

En: Camino Socialista No. 15, Época 1, Año 2.

viernes, 22 de julio de 2016

CUIDADO CON LO DE LA LUCHA CONTRA LA CORRUPCIÓN

Por María Patzán


Desde el año 2015 estamos
en medio de una dizque frontal lucha contra la corrupción. Los medios de comunicación comerciales han llevado el tema a lo más alto, y pareciera que ahora ese es el principal problema de nuestro país. Pero ¡cuidado!: toda esta furiosa campaña puede ser más que nada un distractor.

No hay dudas que Guatemala desde su fundación, y antes aún, desde la época de la colonia, está marcada por una cultura de corrupción. Los funcionarios públicos, como no podría ser de otro modo, también.

Decimos esto para empezar a aclarar por dónde queremos ir: la corrupción es un mal, o si queremos: una práctica sociocultural, enquistada en todas y todos, también en el ciudadano de a pie y no solo en el funcionario público. Es tan corrupto el que recibe un soborno como quien lo da. Esto no hay que olvidarlo nunca, camaradas, porque si no estaríamos ante una apreciación sesgada de las cosas, y “corruptos” solamente serían las personas ligadas al gobierno. El que no paga impuestos dentro del sistema capitalista –como la burguesía que inventa mecanismos para evadir– ¡también es corrupto!

De alguna manera, lo que se quiere transmitir con toda esta furiosa campaña anti corrupción que ahora se desató, pareciera apuntar a que estamos mal “por culpa de los políticos ladrones”. Siguiendo esa lógica: son los funcionarios corruptos, los políticos que ocupan cargos en el Estado, los “malos de la película”, la causa de nuestras penurias. ¡Y ahí está el engaño justamente!

En Guatemala arrancó toda esta cruzada, lográndose encarcelar a los que fueron presidente, Otto Pérez Molina,  y vicepresidenta Roxana Baldetti. Como la “jugada” resultó exitosa, siguieron iniciativas anti corrupción similares en varios países de América Latina, curiosamente todos con gobiernos opuestos (al menos un poco) al imperialismo. Así se fabricaron campañas mediáticas –no muy distintas a las que tuvimos aquí el año pasado– en Argentina, Brasil, Bolivia, Venezuela. El objetivo fue similar en todos los casos: sacar de en medio gobiernos que se resisten y rebelan a la política imperial de Estados Unidos.

Todo esto, sin embargo, debe llevarnos a plantear críticamente, como comunistas, qué hay detrás de la “jugada”. Y el imperialismo gringo no es ajeno a esto. ¿Desde cuándo un embajador gringo está tan preocupado por la corrupción que hay en nuestro país? Ahí algo huele mal. Ahora aparecen furiosas proclamas contra la corrupción gubernamental haciendo pasar el “mal desempeño” de las administraciones como la causa de las penurias que sufrimos. Pero ¡cuidado! Ese no es el núcleo del problema. La cuestión sigue siendo, ahora como hace años atrás, desde que existe el capitalismo: la explotación de la clase capitalista, la burguesía, contra la clase trabajadora de la ciudad y el campo.

Quienes producimos la riqueza somos nosotras y nosotros, la clase trabajadora, no importa qué tipo de trabajo se realice: en el campo, en la industria de la ciudad, como empleados de servicios, maestros, intelectuales, artesanos o vendedores ambulantes. Es la clase trabajadora, y no hay más explicación, la que crea la riqueza. Pero quien se la apropia es la clase poseedora de los medios productivos: el terrateniente, el industrial, el banquero. Nuestra situación de pobreza, aquí en Guatemala como en cualquier parte del mundo, se debe a la explotación que representa el sistema capitalista. ¡¡Esa es la causa, y ninguna otra!!

Con la actual campaña anti corrupción nos quieren hacer creer que nuestra exclusión histórica, nuestra pobreza, el abandono en que nos tienen como clase trabajadora (indígena o no indígena, eso no importa; hombres o mujeres, jóvenes o viejos –y por supuesto que a los pueblos mayas les va peor–) se debe a la corrupción, a que algunos funcionarios se roban determinada cantidad de fondos públicos. ¡¡Y eso no es así, camaradas!! La corrupción, en todo caso, es una consecuencia de un sistema basado en la propiedad privada y en el lucro. “Todo ser humano tiene su precio”, dijo algún pensador. Eso es así en tanto haya propiedad privada; es decir: cualquiera se puede vender por unos cuantos quetzales. Todos somos corruptibles y sólo la ética comunista nos puede salvar de ese cáncer.

Por supuesto que la corrupción es una lacra, pero encarcelando a unos cuantos funcionarios de Estado (presidentes, ministros, diputados, algún empresario, o cualquiera de sus allegados que roban a la sombra un puesto público) no se termina la explotación del trabajador, que es la verdadera y única causa de nuestra pobreza histórica, de nuestra exclusión, de nuestro abandono.

Todo lo que estamos viendo ahora tiene mucho de espectáculo mediático bien montado. En la República Popular China a los funcionarios corruptos se les fusila. ¿Veremos algún fusilamiento aquí, donde todavía existe la pena de muerte, por casos de corrupción? ¿Se fusilará a algún empresario o militar por corrupto? ¿Se está intentando corregir realmente esta práctica, o es un distractor más para la población?

Como comunistas debemos tener muy claro que el enemigo de clase, el verdadero enemigo contra el que debemos enfilar la lucha, es la clase explotadora y dominante. Los políticos de turno, algunos de los cuales se roban los fondos públicos que existen porque pagamos impuestos, son una escoria, por supuesto: ¡pero ellos, además de aprovechados y ladrones, son solo los que administran las palancas de un Estado que sirve a la clase explotadora y dominante! Con o sin esas lacras la situación de los trabajadores no varía en lo sustancial. Por lo tanto: no avalemos la corrupción, pero vayamos mucho más allá de su crítica para cambiar algo. Si tenemos que cambiar alguna cosa: ¡es el sistema capitalista!

jueves, 21 de julio de 2016

LA LUCHA POR EL AGUA COMO LUCHA DE CLASES

Por:Víctor Gutiérrez


Entre el 11 y 22 de abril se realizó la Marcha por el agua, la Madre Tierra, el territorio y la vida. Esta fue una Marcha organizada por una de las articulaciones de organizaciones, movimientos, comunidades y autoridades con distintas extracciones sociales, identidades y luchas específicas. Nos referimos a la Asamblea Social y Popular (ASP), donde confluyen luchas  indígenas, campesinas, de trabajadores, de mujeres, comunitarias, de pobladores, jóvenes, estudiantiles, entre otras, quienes identificaron una necesidad de lucha: la defensa de los ríos, lagos, lagunas, mares, ecosistemas.

No abundaremos en la problemática del agua como tal. Esto ya lo han hecho diversos analistas e institutos de investigación, así como la misma ASP. Queremos referirnos en particular al carácter de esta lucha que ha llegado para quedarse, siendo que la problemática es histórica, estructural, además de ambiental  siendo los impactos del cambio climático.

En primer lugar afirmamos que la lucha por el agua, ha sido compartida por organizaciones, colectivos e instituciones de distinta naturaleza y procedencia, que vino a despertar la conciencia sobre la gravedad de la problemática. En ese sentido, diríamos, es una lucha que trasciende a varias clases sociales, a todos los pueblos indígenas y mestizos, en tanto la problemática del agua, en nuestra dimensión de seres humanos, de ciudadanos, nos afecta de forma vital. Sin embargo, es evidente que a quienes más afecta es a la clase trabajadora, a las comunidades rurales, indígenas y campesinas, a las comunidades y áreas marginales urbanas, quienes hemos visto como el agua se vuelve más escasa, está siendo contaminada y se ha convertido en una mercancía y objeto de robo.

Antes, durante y posterior a la Marcha, hemos constatado que nuestra lucha por el agua:

1. Ha denunciado a la burguesía que tiene inversiones en el sector agrícola y agroindustrial (café, caña de azúcar, palma de aceite, banano), industrial, minero, hidroeléctrico, turístico y comercial. Esta clase social, a través de sus empresas de capital local y transnacional, está robándose los ríos y las fuentes de agua subterránea, convirtiendo el agua, un recurso que debe ser público y de cuidado y aprovechamiento común, en un recurso privado para garantizar su producción, negocios y ganancias.  A esta burguesía no le importa si con ese despojo, robo y contaminación del agua, afecta la sobrevivencia de millones de guatemaltecos y la reproducción de la vida animal y vegetal.

2. Ha denunciado al Estado y los sucesivos gobiernos, quienes en lugar de garantizar con leyes y políticas la sanidad de las aguas y los ecosistemas, se ha dedicado a tolerar y facilitar su robo y contaminación a manos de las empresas de la burguesía y del capital local y transnacional. Es decir, se ha denunciado a un Estado y gobiernos que sirven a la burguesía, al capital local y transnacional, confirmando una de las dimensiones del Estado: su carácter como instrumento de la clase social dominante.

Es decir, la lucha por el agua, la Madre Tierra, el territorio y la vida, la están librando pueblos y comunidades indígenas y mestizas, rurales y campesinas, organizaciones de trabajadores y campesinos, pobladores urbano-marginalizados, y un conjunto de organizaciones de mujeres, estudiantiles, cuya participación en la misma incorpora sus propias identidades y luchas: contra la opresión étnica y patriarcal, contra la exclusión y marginación, contra el racismo y discriminación, que también se expresa en la problemática del agua y en la misma lucha por el agua.

Sin embargo, algo predomina en estas organizaciones: su extracción social como clase trabajadora, como campesinos, como pequeños pescadores, comerciantes, artesanos, etc. Y también predomina la claridad en el sentido que quienes se están robando y contaminando el agua es fundamental y principalmente  la clase social dominante: los terratenientes, los grandes industriales, etc.; es decir, la burguesía.

Esto hace que quienes luchan por el agua, en general, sea la clase trabajadora del campo y la ciudad (con sus distintas extracciones, formas de organización e identidades), frente a la burguesía, esa clase social dominante que a través de sus empresas locales y transnacionales está despojando y robándose el agua, convirtiéndola en propiedad privada y mercancía, para lo cual –como siempre- utiliza al Estado como su instrumento para garantizar sus intereses.

Por eso decimos que la lucha por el agua es también lucha de clases.

martes, 19 de julio de 2016

LA LUCHA DE LA CLASE TRABAJADORA

EDITORIAL
Camino Socialista No. 15, Época 1, Año 2.

No olvidemos nunca: nuestra lucha como clase trabajadora debe dirigirse a romper las cadenas de nuestra esclavitud. Y esta cadena no es otra que el capitalismo, ese sistema que nos despoja de todo, para obligarnos a vender nuestra fuerza de trabajo a cambio de un miserable salario –cuando bien nos va– a los dueños de los medios de producción, es decir, de los latifundios agrícolas y agroindustriales, industrias, bancos, empresas de comunicación, de la construcción, comercio, transporte.

Nuestra lucha es contra ese sistema que se basa en la propiedad privada, esa propiedad que a los trabajadores nos priva de todo.  Esa propiedad privada que es la base para que los capitalistas o lo que conocemos como burguesía, tenga el control sobre el Estado y lo dirija, a veces al mando del gobierno y otras detrás del gobierno, a garantizar sus intereses de clase; que impide e impedirá que el Estado se oriente a garantizar nuestros intereses como clase trabajadora del campo y la ciudad.

Por eso, para liberarnos es necesario recuperar nuestro proyecto histórico: el Socialismo. Sólo en el socialismo lograremos que no exista propiedad privada sobre los medios de producción. Esos medios serán propiedad colectiva y los dirigiremos a garantizar el bienestar de todo el pueblo y no solamente de una clase social o un pequeño grupo que se beneficia de ella, como actualmente sucede. Y no hablamos de despojar a quien posee una vivienda, un taller, un pequeño comercio, una pequeña parcela o  negocio, o a tierras comunales o colectivas. No nos referimos a la propiedad que garantiza la subsistencia de familias; nos referimos a la propiedad privada donde explota a nuestra clase o que nos priva del bien común.

En esa dirección, sólo podremos concretar nuestro proyecto histórico, si nos disponemos a tomar el poder, lo cual pasa por tomar el Estado, para que seamos los trabajadores quienes lo dirijamos en función de nuestros intereses y los intereses de todo el pueblo.

Por eso debemos organizarnos. Sólo de forma organizada haremos posible sumar todas nuestras capacidades y recursos, todas nuestras fuerzas e inteligencia. Solo organizados lograremos construir nuestro poder, para luchar frente a la burguesía local y transnacional, para enfrentar al imperio de Estados Unidos que domina nuestro país, y para avanzar en ese objetivo de tomar el poder del Estado.

Para ello –y reiteramos, de forma organizada– tenemos que organizarnos, primero como clase trabajadora: en sindicatos, organizaciones campesinas, organizaciones de mujeres trabajadoras, articularnos en centrales sindicales y campesinas, cuidando que estas sean coherentes para librar la lucha por aumentos salariales y mejores condiciones laborales.  Pero esto solo no basta. Debemos organizarnos en una organización política que nos corresponda como clase trabajadora, desechar de una vez por todas a todos aquellos partidos políticos, organizaciones e instituciones que no responden a nuestros intereses y que no tienen como objetivo romper las cadenas de nuestra esclavitud.

En ese camino, además, debemos realizar alianzas con todas y todos los oprimidos. Hablamos de los pueblos indígenas, con las organizaciones de mujeres, de adultos mayores, de juventud, con quienes habremos de concebir conjuntamente un proyecto político que nos haga avanzar en ese camino por construir finalmente el Socialismo.