lunes, 30 de enero de 2017

Trump: la cara del imperio de Estados Unidos

Editorial


El triunfo de Donald Trump en las elecciones de Estados Unidos trae cambios en la política, que probablemente nos afecten como clase trabajadora en Guatemala.

Este magnate ganó porque levantó un discurso falso a favor de las necesidades de los trabajadores estadounidenses, además de un discurso nacionalista y emotivo que prometía volver a ser el gran país de antaño, cuando era la superpotencia indiscutida, atrajo una gran cantidad de votantes. En realidad, su posición político-ideológica es tan repudiable como la que levantara Hillary Clinton.

Los planes de capitalismo neoliberal basados en la especulación financiera comenzados hacia los años 80 del siglo pasado con la presidencia de Ronald Reagan, significaron un colosal aumento de la brecha entre quienes más tienen y los desposeídos. En nuestro país, y en toda Latinoamérica, eso trajo consecuencias terribles: aumentó exponencialmente la pobreza, y el Estado fue virtual-mente privatizado. Pero en Estados Unidos las consecuencias fueron similares: su clase obrera y la clase media se empobrecieron marcadamente. Muchos puestos de trabajo se perdieron, dado que infinidad de empresas se trasladaron a países como el nuestro, donde la mano de obra es más barata y no pagan impuestos. Por otro lado, la crisis financiera del 2008, cuyos impactos persisten, terminó de golpear a todos los trabajadores.

Para nosotros, trabajadoras y trabajadores latinoamericanos, ninguna propuesta de quien dirija la Casa Blanca nos podrá convenir. En todo caso, estamos ante la disyuntiva de quién es “menos malo”. ¿Y quién es menos malo entre Trump y Clinton?

Los dos representan posiciones de extrema derecha, peli-grosas para nosotros. Hillary Clinton, candidata de los grandes grupos financieros, de las petroleras y del complejo militar-industrial que viene manejando a ese país desde hace décadas, ofrecía más de lo mismo: más planes neoliberales, más guerra de intervención, más intromisión en nuestros asuntos internos.

¿Ofrece otra cosa Donald Trump? Definitivamente no. Al menos, no para nosotros, trabajadores de Guatemala. Para los trabajadores de su país ofrece el sueño de volver a los “tiempos dorados”, reconstruir el parque industrial en deterioro, recuperar puestos de trabajo. Parecieran promesas populistas, electoreras, matizadas con un rampante nacionalismo racista y xenófobo contra afroamericanos, latinos y musulmanes. Sin dudas todos esos valores conservadores, de ultraderecha (altamente cuestionables y peligrosos) están enraizados en el ciudadano gringo término medio; por eso su oferta pudo ganar. Que eso lo pueda lograr, es otra cosa. En este momento, si bien no se puede saber cómo seguirán las cosas, nada muestra con claridad que esa propuesta sea efectivamente viable.

De todos modos, aunque Trump no sea el candidato natural de Wall Street y un niño mimado de los capitales financieros transnacionales, tampoco es su enemigo de clase. Es un “bicho raro” de la política estadounidense, impredecible, personalista (asimilable, salvando las distancias, a Manuel Baldizón en Guatemala). La composición de lo que será su administración ya deja ver por dónde va a ir: la ultraderecha conservadora (coquetea, por ejemplo, con el Ku Klux Klan, habla de deportar tres millones de latinoamericanos, tiene un discurso misógino y racista). Pero esto no significa que esté peleado con su clase social: los ricos y poderosos, los magnates, los millonarios que manejan el mundo: es decir, la burguesía global.


No podemos esperar mejoras con su llegada a la Casa Blanca. Pero, ¿por qué deberíamos esperarlas? El principal país capitalista e imperialista del mundo sigue siendo eso: un país capitalista e imperialista, más allá de matices. El enemigo sigue siendo el mismo: el sistema capitalista, sin importar la cara que tome el mandatario de su avanzada imperialista.

Camino Socialista, diciembre de 2016, Época I, Número 19, año 3