domingo, 5 de febrero de 2017

Las migraciones irregulares: problema de nunca acabar

Martín Orellana

Para todos los habitantes de América Latina es algo de lo más común pensar en viajar de “mojados” a los Estados Unidos. Eso es cuestión normal, cotidiana. No hay familia en nuestra región, no solo en Guatemala sino en todo el continente, más aún en Centroamérica, México y el Caribe, que no tenga algún pariente, o varios, residiendo en el país del norte.

Por lo pronto, buena parte de los hogares guatemaltecos se benefician de las remesas que esos familiares hacen llegar desde allá. Según datos oficiales, un 11% del Producto Interno Bruto del país está dado por esos envíos de dinero; dicho de otro modo: sin esas ayudas, la pobreza de las familias guatemaltecas sería mayor aún (¡ya es de un 59% de la población!) y la economía nacional estaría en el colapso total.

Es sabido que los miles y miles de latinoamericanos que marchan hacia allá, lo hacen porque sus países de origen no les ofrecen oportunidades. Aun sabiendo que en el camino podrán encontrarse con las peores dificultades, arriesgando la vida en muchos casos, buena parte de la población no deja de encaminarse hacia ese pretendido “sueño americano”. En Guatemala salen 200 personas diariamente; de cada tres “mojados” que parten, uno llega a destino, uno es devuelto y otro muere en el intento.

Pese a lo peligroso de la travesía a emprender, pese a todas las terribles penurias con que podrá encontrarse (robos, secuestros, violaciones, estafas, cárcel, hambre, sed, frío, peligros varios), la gente no deja de arriesgarse a intentarlo. Además de todas esas dificultades, tremendas, espantosas, si pueden ingresar a territorio estadounidense les espera algo no menos desastroso allá: vivir como ilegal, estar siempre pendiente de los oficiales de Migración, hacer los peores trabajos mal pagados, recibir continuamente el desprecio racista de los ciudadanos blancos, problemas de integración, en general la barrera del idioma, pesadillas con los trámites.

Ante todo ello, y más aún ahora que el nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, prometió una política migratoria más severa contra los latinoamericanos, hablando incluso de un muro en la frontera, lo primero que resalta es la xenofóbica actitud estadounidense contra nuestra gente.

Sin dudas eso es así. Pero ¡cuidado, camaradas! Se suele poner un énfasis especial en la “maldad” del imperio que cierra puertas ante los “hispanos” (como nos llaman), en la “perversión” de las fuerzas de seguridad estadounidenses que persiguen a viajeros indocumentados. Todo eso es cierto, pero en este caso, si nos quedamos solo con esa visión, los norteamericanos serían los “malos de la película”, con lo que se escamotea el problema principal: la pobreza y pobreza extrema de nuestros países que fuerza a salir en búsqueda de mejores oportunidades.

Nadie dice que el imperio sea “buenito”. Es más: sabemos que mantiene un doble discurso perverso, declamando que no quiere más inmigrantes indocumentados, pero necesitándolos en su economía del día a día. Además, ese apretar las tuercas cada vez mayor con las regulaciones migratorias le sirve, en definitiva, para poder manipular a su antojo las miserias que les paga a los inmigrantes irregulares. Pero si hay algo que denunciar en todo esto es la pobreza estructural de nuestras sociedades y el silencio de sus gobernantes, que miran para otro lado con todo esto y solo esperan las remesas, que son una válvula de escape, un alivio para la pobreza interna.

Estados Unidos será duro con los inmigrantes ilegales, excesivamente, pero en cierto sentido le asiste un derecho, en tanto nación soberana: el de fijar sus normativas jurídicas fronterizas. El problema de base está de este lado, en nuestros países injustos, calamitosamente excluyentes, cuyos Estados –contrariando lo declarado en la Constitución– no garantizan el derecho a la vida, y menos aún: a la calidad de vida digna.

Si nos quedamos con el reclamo ante los “pinches gringos puñeteros”, como dice alguna canción, obviamos el verdadero problema de fondo: la hiper explotación inmisericorde a la que somos sometidos diariamente en nuestros países. El internacionalismo proletario de nuestro ideario comunista no nos debe hacer ver como enemigo a nadie por su nacionalidad, su cultura, su identidad. Esos son resabios que deberemos superar. El verdadero enemigo, camaradas, ¡es el sistema de explotación capitalista! Sistema que en nuestros países –y Guatemala es parte sustancial de ello, por supuesto– es bestial.

¡Es intolerable que nuestros gobiernos callen ante todo los atropellos que sufren nuestros hermanos en sus viajes, solo porque de allá llegan remesas que sirven como bálsamo! ¡Solo la revolución socialista terminará con esta lacra de las fronteras y los nacionalismos chauvinistas!


Camino Socialista, enero 2017  Época I  Número 20  año 4