sábado, 15 de abril de 2017

El evangelio de la sumisión

Gumaro


Hace días, escuchando una homilía del Papa Francisco I, reflexioné en sus reflexiones acerca del perdón. Para alguien en lo individual, sus palabras tienen sentido. Para una pequeña comunidad, también. En las relaciones interpersonales sonaba sensato y aplicable.

Dijo que, aunque hubiera gente que nos odiara o que nosotros odiáramos, que nos cayeran pesados o nosotros a ellos, la oración era un arma poderosa para ayudarnos a perdonar. Sin embargo, empecé a sospechar cuando dijo que “la oración es un antídoto contra el odio, contra las guerras, estas guerras que comienzan en casa. Oren para que se hagan las paces. Y, si yo sé que alguien quiere hacerme daño, y no me ama pido especialmente por él. La oración es poderosa, la oración vence al mal, la oración trae la paz…”.

Las guerras no comienzan en casa. Vienen de grupos que tienen poder. En las diferentes épocas clasistas por la cuales ha transitado la humanidad, los poderosos, léase caciques, reyes, caudillos, etcétera, eran los que, en búsqueda de riquezas, de botín, patrocinaban guerras de saqueo y pillaje. Para ello, solían formar ejércitos con la gente que dominaban, para enfrentar e invadir a otras comunidades y pueblos, con el objetivo de robar sus bienes y esclavizarlos. Las estrategias y las formas de dominación se fueron perfeccionando a medida que la guerra se convirtió en un medio para destruir competidores y aumentar riquezas y territorios a través de conquistas.

En toda guerra los vencidos fueron convertidos en tributarios o fuerza de trabajo esclava. Así sucedió en la II Guerra Mundial cuando el poder de la capitalista  y fascista Alemania convirtió a comunistas, judíos, gitanos, homosexuales y otros prisioneros de guerra, los hizo trabajar hasta el agotamiento en grandes transnacionales como la Coca Cola, Nestlé, Bayer, J.P. Morgan Chase, Volkswagen e IBM, Hugo Boss y otras; incluso, los convirtió en objeto de genocidio en los campos de concentración nazis.

Igual sucede en nuestros días. Las guerras desatadas por las potencias nacen de ambiciones de consorcios empresariales capitalistas. Por ejemplo, la industria de la guerra se mantiene a partir de expandir las guerras. Muchas empresas globales, en esta fase llamada imperialismo, se asientan en aquellos países vulnerables que suelen ser los más saqueados históricamente, que tienen generalmente un Estado siervo o débil que acepta las condiciones de explotación, apropiación y saqueo por tales empresas, con leyes laborales flojas que facilitan que su población, por su misma pobreza, acepte salarios de hambre y condiciones de explotación extenuantes, riesgosas y humillantes.

Esos territorios, pueblos y riquezas en países débiles son el objeto de enfrentamiento de las transnacionales. Cuando la disputa por esos territorios, pueblos y riquezas se agudiza, estos consorcios empresariales fermentan guerras con el objeto de controlarlas y aprovecharlas para lograr las mayores ganancias.

Las guerras tienen el objetivo es satisfacer la demanda de islas de mercados cada vez más escasas, para detener la caída de la ganancia global. Caída que es endémica al sistema capitalista mundial, tal como lo muestra la tabla estadística en la página siguiente, aparecida en el artículo “El verdadero Trump visto desde Marx”, de Jaime Carrera, quien presenta ese declive desde el año 1855 a los más recientes.

Por eso, es imprescindible desenmascarar esos mensajes mediatizadores, tramposos y desviadores de la verdad que llevan a cabo, tanto la iglesia católica como la evangélica, y de las corporaciones de propaganda masiva (como CNN, Fox, entre otras) para que el pueblo no pueda establecer claramente de dónde vienen sus males y quiénes son sus verdaderos verdugos y explotadores.

El capitalismo es un sistema de muerte que en sus últimos movimientos nos empuja, cada día que pasa, hacia el estallido de una guerra mundial. Se afirma esto pues, como se mostró en el cuadro anterior, la tendencia a la baja de la tasa media de ganancia global es ineludible por contradicciones propias de la encarnizada competencia capitalista tales como: a) utilización de mayor cantidad de capital constante en la producción (robots, conciencia artificial, máquinas autónomas o inteligentes) desplazando fuerza de trabajo humana, con el fin de abaratar costos de producción; b) por lo mismo, la fuerza laboral humana se restringe, reduciéndose a su vez, la masa salarial y por ende, el consumo; c) los beneficios sociales (pensiones, seguridad social y gratuidades en salud y educación) desaparecen paulatinamente por ese enflaquecimiento de la fuerza laboral. 

Por esas negaciones que provocan esa debacle en sus países de origen, las transnacionales, se ven atraídas a nuestros países subdesarrollados por: a) existencia de mayor capital variable con un menor costo (fuerza de trabajo humana) que es el único que crea plusvalía; b) legislaciones laborales y ambientales débiles, lo cual facilita la explotación exacerbada tanto de la fuerza de trabajo (plusvalías absolutas y relativas, sumadas a la baja de la masa salarial), como de los bienes naturales y la extracción de materias primas para las industrias del primer mundo.

De esa cuenta, tal es el ritmo de acumulación capitalista en pocas manos en estos últimos 50 años, que el último informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo –PNUD- así lo evidencia. En este informe se establece que 8 grandes magnates poseen tanta riqueza como la que poseen todos los demás habitantes del planeta. Esto quiere decir que estamos viendo, en su máxima crudeza, la implacable ley de concentración y centralización de capitales que Carlos Marx descubrió.

Entonces, las preguntas obligadas son: ¿A dónde irá el capitalismo, teniendo en cuenta que su germen esencial es la creación de mercancías? ¿Quiénes podrán comprarlas a nivel mundial, si los trabajadores a nivel planetario han retrocedido en su nivel de ingreso y, por ende, de consumo? ¿Habrá una crisis de sobreproducción más grande que las anteriores debido a esas contradicciones? ¿Hasta dónde aguantará el planeta este expolio?

Es obligación que los revolucionarios alertemos a los obreros y los pueblos de esta realidad. Que promovamos la necesidad de trabajar por la paz, pero preparándose para la guerra que los poderosos capitalistas imponen para tratar de frenar esa tendencia decreciente de la que se habló antes. A la vez, que condenamos las ambiciones, opulencia, insensatez y despilfarro que realizan los capitalistas.

Así mismo, que desenmascaremos a los líderes religiosos y falsos profetas que, en representación de las iglesias de las cuales casi todos los latinoamericanos son seguidores, tratan de engañar a sus feligreses diciendo que las guerras provienen de rencillas familiares y provinciales, que nacen en la maldad inherente del ser humano; así mismo, que ocultan que estas guerras responden a una realidad objetiva: la competencia capitalista e imperialista, y que solo con la oración tendremos suficiente para que esos males desaparezcan. Es decir, que critiquemos la típica posición del avestruz que oculta su cabeza bajo tierra ante la realidad.

Exijamos a los líderes religiosos a que usen el poder de su palabra y la posición que gozan para develar las atrocidades de los capitalistas, en vez de cubrirlos con el manto de la ignorancia, para que nuestros pueblos se sientan culpables de las guerras locales o mundiales donde mueren millones de inocentes. Que dejen de ser lobos vestidos con piel de oveja. Sepulcros blanqueados. Que retomen el ejemplo de Jesucristo, se despojen de las riquezas y lujos que los rodean y que con la alegría de la iglesia peregrina acompañen a su pueblo en la construcción del Reino de Dios en esta tierra, que comienza con la lucha por el socialismo. Solo así, podrán realmente hablar con solvencia y propiedad.


En Camino Socialista No 22, marzo 2017, Época 1, año 4