lunes, 4 de septiembre de 2017

Niños de la calle: síntoma que algo anda mal

Esteban Pérez

Dijo Fidel Castro alguna vez: “Si hay 200 millones de niños en las calles, ninguno es cubano”. ¿Qué significa eso?

En cualquier gran ciudad latinoamericana, y por supuesto también en Guatemala, vemos como algo ya común grandes cantidades de niños deambulando por las calles. Desde muy tempranas edades, sucios, harapientos, a veces con su bolsita de inhalante en la mano, hacen parte del paisaje cotidiano menores de edad que venden, lustran zapatos, lavan carros, mendigan o simplemente están pasando la vida en parques, mercados o terminales de buses.

El fenómeno es relativamente nuevo, de las últimas décadas; y lo peor es que está en franca expansión. Se estima que en todo el mundo hay al menos 200 millones de niños y niñas que trabajan o viven en las calles. Eso tiene explicación.

Desde hace algunas décadas (desde los años 50 del siglo pasado en adelante) en los países latinoamericanos se vive un proceso de acelerado despoblamiento del campo y crecimiento desmedido y desorganizado de las ciudades principales. Las poblaciones escapan a la pobreza rural y a las guerras crónicas de esas áreas. El resultado de todo esto son megápolis desproporcionadas sin planificación urbanística, plagadas de lo que se llaman asentamientos irregulares, o “barrios marginales” entre nosotros (“favelas” en Brasil, “villas miserias” en Argentina, “tugurios” en Colombia, “barrios” en Venezuela, “cantegriles” en Uruguay, “callampas” en Chile, “ciudad perdida” en México).

Sumado a este proceso de industrialización que se da a mediados de siglo y de éxodo interno, irrumpen las políticas neoliberales de capitalismo salvaje, que desde los años 80 empobrecieron más aun las ya estructuralmente pobres economías latinoamericanas. Consecuencia de esto último fue el aumento gigantesco


de la miseria de los siempre pobres sectores agrarios y un aumento de la migración hacia las ya saturadas capitales. Estos asentamientos precarios albergan una cuarta parte de la población urbana en Latinoamérica.

¿Por qué se dice que hay barrios “marginales”? ¿Acaso alguien realmente está “al margen”? Es decir: ¿Sobran? Ya vemos lo que es el capitalismo: ¡un sistema que puede desechar seres humanos! Un sistema donde la gente puede ser prescindible.

De hecho, más del 50% de los nacimientos en el mundo es de un niño de un llamado “barrio marginal”. ¿Qué le espera a cada uno de esos niños al nacer?, niños que, desde el inicio, para el sistema dominante “sobran”. Seguramente no un mundo de rosas. Con buena suerte, si no muere de alguna enfermedad previsible o de hambre (el hambre sigue siendo el peor flagelo de la Humanidad), trabajará desde muy pequeño. Quizá termine la escuela primaria, pero probablemente no. Casi con seguridad no asistirá a la escuela media; mucho menos a la universidad, que sigue siendo un lujo para muy pocos. Se criará como pueda (pocos juguetes, probablemente violencia en su hogar, poco cuidado paterno), junto a muchos hermanos en una familia numerosa donde la precariedad será lo dominante.

Todo esto, en áreas rurales donde se necesitan muchos brazos para las faenas agrícolas, es parte de la cultura cotidiana; pero en un asentamiento precario en medio de una gran ciudad es ante todo un problema. Su trabajo será en las calles, no bajo la supervisión de sus padres. Trabajo, por otro lado, siempre descalificado, muy poco remunerado, siempre en situación de riesgo social: la violencia, la transgresión, las drogas están muy cerca. Esto se potencia en el caso de las niñas, siendo vistas como objeto sexual desde muy temprana edad.

La pobreza de donde provienen estos niños y niñas no se concibe solo en términos de ingreso monetario, siempre escaso por cierto; también lo es en cuanto a recursos en general para afrontar la vida, en conocimientos, en experiencias. Las familias “productoras” de niños que van a vivir a las calles son, en general, numerosas, con dinámicas violentas, con antecedentes de alcoholismo, en algunos casos promiscuas, a veces con historias delincuenciales. Todo esto es más fácil que se dé en un grupo excluido económica y socialmente (los que “sobran” para la lógica del sistema) antes que en los sectores integrados. Lo dramático es que, con los actuales planes neoliberales, la población “sobrante” aumenta, y por ende sus niños, que son los que termina poblando las calles.

Establecidos en las calles es muy fácil que algunos se perpetúen allí. Y cuando esto sucede, cuando se cortan los vínculos con las familias de origen, la inercia lleva a que sea muy difícil salir de ese ámbito. Callejización, consumo de drogas y transgresión van de la mano. Un niño finalmente se queda a vivir en la calle porque escapa así a un infierno diario de violencia, desatención, escasez material. Recordemos que pobreza no es solo falta de dinero efectivo; es también, e igualmente, falta de posibilidades para el desarrollo; lo que, casualmente, se encontrara ante todo en los grupos más sumergidos por el sistema capitalista, en las infamemente llamadas “poblaciones excedentes”.

Son varias las instituciones que se ocupan del problema de los niños de la calle. Las públicas (“centros de reorientación de menores” oficialmente, en general reformatorios o cárceles) con una propuesta básicamente punitiva y en dependencia de dictámenes legales. O las no gubernamentales con proyectos de corte humanitario o caritativo. Pero más allá de buenas intenciones y diversidad de metodologías, el impacto de sus acciones es relativo; por supuesto que una atención puntual en algún caso, o un apoyo para la sobrevivencia ya es algo, o mucho. Y ni hablar de algún niño rescatado de esa situación y reubicado en otra perspectiva. De todos modos el fenómeno en su conjunto no se termina, por el contrario crece. Es más que claro que la caridad, la “buena intención” y la beneficencia no alcanzan ¡ni remotamente! para terminar con el problema. Esos son solo parches, remiendos superficiales, hipócritas en definitiva.

¿Por qué en Cuba no hay niños de la calle? ¡Porque hay socialismo! Porque hay un proyecto de sociedad con justicia, donde nadie “sobra”, donde la equidad efectivamente es un hecho. Cada niño durmiendo en una plaza o con su bolsa de pegamento es el síntoma de que algo anda mal en la base; taparse los ojos ante esto no soluciona nada. El capitalismo no quiere ni puede solucionar esto.


Los niños, el eslabón más débil de la cadena, son la esperanza de un futuro distinto; también los niños y niñas de la calle, por supuesto. Estigmatizarlos no servirá para contribuir a algo nuevo. La cuestión es encontrar las causas de todo esto: y la causa no es otra que un sistema basado en la explotación y la injusticia, en la diferencia de clases, en los privilegios de una pequeñísima minoría en contra de las grandes mayorías. Por eso, como dijo Rosa Luxemburgo, “¡socialismo…o barbarie!

En Camino Socialista No 26, julio-agosto, Época 1, Año 4
Fuente de foto: http://vocesquenosecuchan.blogspot.com/