martes, 3 de julio de 2018

Campeonato Mundial de Fútbol: arma de control social

Mónica Sagastume


Un nuevo Campeonato Mundial de Fútbol… ¿un nuevo distractor?
 
La FIFA es una MAFIA
El fútbol es en la actualidad, por lejos, el espectáculo más consumido. El aumento siempre constante de fútbol por dondequiera (programas especializados, ropa afín, escuelas de fútbol para niños, sistemas de pronósticos de resultados multimillonarios, contratos por cantidades impensables, etc.), su presencia omnímoda en los medios de comunicación, en la cotidianeidad mundial, justamente por su monumental magnitud abre algunos interrogantes.

Su promoción no está acompañada de una genuina política de desarrollo deportivo. En todo caso, el sacrosanto dios-mercado debería regular sus movimientos, sus acomodaciones. Alguna super estrella podrá fichar por sumas astronómicas (de ahí que numerosos padres ven en las escuelas de fútbol un pasaporte para una posible “salvación” económica, según los talentos de sus hijos), pero las grandes mayorías están condenadas a ser receptores pasivos del gran espectáculo montado, opinando y opinando, repitiendo frases hechas, quizá envidiando la suerte de algún astro que “la hizo”, pero sin decidir nada al respecto.

El fútbol, como todos los deportes -quizá más que todos- dejó hace mucho tiempo de ser un pasatiempo, un entretenimiento dominguero. Pretender desandar ese camino en un mundo hoy globalizado donde todo, absolutamente todo, siguiendo la lógica capitalista, se mide en términos de beneficio económico, es un imposible. Ello podremos plantearlo desde el socialismo. Pero al menos se puede intentar no perder de vista el fenómeno en su magnitud global: el fútbol (este circo romano moderno), además de negocio fabuloso, ha pasado a ser una cortina de humo, un mecanismo de control social de una dimensión increíble.

Sería ingenuo pensar que el Campeonato Mundial, esa parafernalia mediática que cada cuatro años crea un escenario ilusorio de 30 días de duración (hay propuestas de hacerlo cada dos años), sirve a las clases dominantes para hacer o dejar de hacer lo que son sus planes geoestratégicos de dominación a largo plazo. No necesitan de él para invadir países, para fijar a su conveniencia los precios de la vida o para desviar la atención sobre la catástrofe medioambiental en curso debida al mismo modelo insostenible de desarrollo, sólo por dar sólo algunos ejemplos. Si hay “lavado de cerebro” de parte de las clases dominantes, ello no se realiza porque durante un mes se inunden las pantallas de televisión con partidos de fútbol y media humanidad ande hablando sólo de los astros de moda, de cuánto ganan en cada fichaje o del nuevo modelo de ropa deportiva.

El proyecto es más insidioso, más perverso: se trata de controlar en el día a día, abrumando con juegos y más juegos, y más campeonatos y más ligas… ¿Cuántas horas diarias de fútbol consume por televisión un habitante promedio? ¿Mejora eso de algún modo su relación con el deporte? ¿Por qué ese crecimiento exponencial del fútbol profesional -amateurya no existe, es casi una pieza de museo- en todo el mundo?

No hay dudas que, al igual que todo gran evento de proporciones enormes, puede funcionar puntualmente como distractor de masas, tal como también lo puede ser la boda real o la muerte de alguna estrella de la música pop, por ejemplo. No otra cosa fue el que organizara la dictadura militar argentina en 1978, con el que se intentó lavar la cara en su sangrienta guerra sucia, o el de la Italia fascista de 1934, en el que se buscaba a toda costa disciplinar y mantener ocupada a una clase obrera demasiado “rebelde” para la lógica capitalista. De todos modos quedarse con la estrecha idea que estos campeonatos son las cortinas de humo de gobiernos dictatoriales es ver sólo un lado del asunto, y quizá sesgadamente. En todo caso, los Mundiales evidencian de un modo especial el papel que en la moderna cotidianeidad ha pasado a desempeñar el fútbol profesional. En forma creciente, desde mediados del siglo pasado, y sin detenerse, aumentando cada vez más, el negocio del fútbol sirve como “opio de los pueblos”. Ello no es decisión de quienes estamos condenados a consumirlo en forma pasiva sentados ante un televisor, sino de los grandes poderes que fijan el curso de lo que sucede en el día a día del planeta.

El fútbol -o más exactamente su manipulación a través de los medios masivos de comunicación- da la ilusión de igualar clases sociales (ricos y pobres, explotadores y explotados se abrazan tras la camiseta de su selección nacional o su equipo preferido). De ese modo, distrae, aleja preocupaciones... o al menos lo pretende. Que es gran negocio, es innegable (lo que mueve globalmente cada año representa la decimoséptima economía mundial). Lo que sí puede deducirse es que poderes globales de largo aliento que están más allá de las administraciones gubernamentales de turno, también lo aprovechan como droga social, como anestesia. El Mundial no es sino una dosis un poco más fuerte del “pan y circo” cotidiano al que nos someten, con tres, cinco o más juegos diarios durante los 365 días del año. ¿Cuántos millones de personas están prendidos a un televisor (o radio, o pantalla de computadora) siguiendo una transmisión de fútbol, anestesiados, “embobados”, si queremos decirlo así?

Camaradas: ¡no nos dejemos manipular ni anestesiar! ¡Debemos promover el deporte amateur como consigna socialista!

Camino Socialista No 36, junio, año 5, Época I